Dibujo de BEGOÑA CASÁÑEZ CLEMENTE

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Necesitáis personas como yo... Necesitáis personas como yo para señalarlas con el dedo y decir: Ese es el malo... Y eso, ¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos?... No sois buenos... Simplemente sabéis esconderos. Sabéis mentir... Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento:

Tony Montana
Cómo ha cambiado irremediablemente mi vida. Siempre es el último día de verano y me he quedado fuera en el frío sin una puerta para volver a entrar. A lo largo de mi vida he dejado pedazos de corazón aquí y allí y ahora apenas me queda el suficiente para seguir viviendo. Pero fuerzo una sonrisa, sabiendo que mi talento sobrepasaba con mucho mi ambición. Ya
no hay caballos blancos ni mujeres guapas en mi puerta:

Georges Jung

martes, 7 de febrero de 2017

Poesía Norteamericana (31): John Drury:




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UN BLUES EN LA CAPITAL DE LA NACIÓN

Cuando la ciega tocaba su requinto
             y gruñía -un gemido bajo con palabras-
pensé que era triste su manera de pedir limosna,
             pobre mujer, con el paliacate en la cabeza,
aquel perro callejero en un arnés roto enroscado junto
             al huacal en que se sentaba, su falda
a cuadros casi abarcaba la madera. Ligaba las notas
             y murmuraba y deslizaba una barra metálica hasta el cuello.

Intenté arrojar algo de cambio a su lata para monedas
             sin hacer ruido, pero clavó la vista
y movió la cabeza, con los dedos jalando las cuerdas agudas.
             Chequé mi tarjeta tarde en el almacén para caballeros
y fui acomodando en montones parejos las camisas
             color limón, lavanda. El jefe
y yo sacamos el inventario, pusimos las etiquetas de rebaja,
             bajamos a la bodega, como a una cueva.

             Aburrido del trabajo, comprendí
                      que nada de lo que ella tocaba era triste,
             no pedía limosna, fanfarroneaba
con brasas ardientes en la boca, doblando los alambres
haciéndolos compatibles con su oscura silueta, notas agraciadas y refunfuños.
              Me preguntaba cómo viviría, alzándome de hombros,
reconociendo que nunca lo sabría. Pero sí vi un catre de soldado,
                       un petate
               donde dormía el perro, un plato caliente,
y una caja de El Producto con cuerdas enroscadas de guitarra,
               que ella hacía pasar por las clavijas,
dándoles vuelta hasta escuchar el tono apropiado.



John Drury.

Varios Autores. Líneas conectadas, Nueva poesía de los Estados Unidos. April Lindner Editor, 2006. Traducción de Pura López Colomé.



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