Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Necesitáis personas como yo... Necesitáis personas como yo para señalarlas con el dedo y decir: Ese es el malo... Y eso, ¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos?... No sois buenos... Simplemente sabéis esconderos. Sabéis mentir... Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento:

Tony Montana
Cómo ha cambiado irremediablemente mi vida. Siempre es el último día de verano y me he quedado fuera en el frío sin una puerta para volver a entrar. A lo largo de mi vida he dejado pedazos de corazón aquí y allí y ahora apenas me queda el suficiente para seguir viviendo. Pero fuerzo una sonrisa, sabiendo que mi talento sobrepasaba con mucho mi ambición. Ya
no hay caballos blancos ni mujeres guapas en mi puerta:

Georges Jung

lunes, 14 de noviembre de 2016

Curtis Garland: Sesión Continua (1):


Nota de David González: Gracias a mi hermano Andrés Ramón Pérez Blanco, alias el Kebran, soy socio, el número 34, de ACHAB, es decir, Asociación Cultural Hispanoamericana Amigos del Bolsilibro, que recientemente han editado 4 novelas de Curtis Garland en un solo volumen: Dedos de plata, ¿Quién era CAT?El pez de los ojos de oro y Ese tipo llamado Sacramento... Así que voy a postear un párrafo de cada una de estas novelas. Hay gente, lectores, que desprecian esta clase de literatura; sin embargo, a mí, personalmente, la lectura de cantidades ingentes de bolsilibros me vino muy bien para mi propio discurso poético, en especial en lo que se refiere a ritmo. En ese sentido, le debo mucho a Silver Kane, Keith Luger, Curtis Garland, etcétera...






    La valija era negra, lustrosa, vulgar. La lleva contra sí. No la apartó de su pecho hasta llegar a la verja. Los hombres de uniforme se detuvieron. Repitieron su ojeada hacia ambos extremos de la calle. La lluvia arreciaba. Los londinenses, a pie o en automóvil, pasaban huidizos y pesarosos. Se repitió el gesto. Y la maniobra. El hombre de la valija cruzó el umbral de la puerta amplia de la verja. Junto a él, en el muro de ladrillos, el emblema de la Legación, sobre un fondo de esmalte escarlata, chorreaba lluvia...
    Un automóvil, largo, negro, de potente motor, esperaba ante ellos, pegado al bordillo. Un chófer, uniformado igual que los dos hombres de la escolta, aguardaba, con la portezuela abierta.
    El hombre de la valija negra entró rápidamente en el coche. Cerraron la portezuela. El chófer rodeó el vehículo, se acomodó ante el volante, puso en marcha el motor. Los dos de la escolta retrocedieron hasta la puerta de la Legación. Bajo la lluvia de la turbia, desapacible tarde londinense, el negro coche se alejó...
   Se ceró la verja de la Legación; los dos hombres uniformados volvieron al interior del edificio. Se cerró también la puerta de éste, tras de ellos.
  Todo eso sucedió en cosa de unos segundos. Ni ellos ni los ocupantes del coche largo y negro pudieron ver el automóvil "Austin", azul marino, que emergía de detrás de una esquina, lentamente, arrancando sobre el asfalto mojado. Al enfilar la recta calle, aceleró considerablemente. En poco tiempo, sus neumáticos apenas si parecían tocar la calzada, tal era su velocidad.
   Fue muy corto el techo que necesitó para vislumbrar la parte posterior del coche negro de matrícula diplomática oficial y entonces se conformó conservando esa misma distancia, porque redujo la potencia de su formidable motor, y se matuvo a una marcha regular, invariable, siempre en pos del automóvil ofical que cruzaba Londres hacia el aeropuerto.



    Curtis Garland. Sesión continua. ACHAB, septiembre 2016. 


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