Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

viernes, 29 de abril de 2016

Hunter S. Thompson: La maldición de Lono (1):



Creo que esta vez nos ha tocado un pardillo, viejo amigo. Un gilipollas al que apellidaron Perry en Oregón nos quiere regalar un mes en Hawái, por Navidades: y todo lo que tenemos que hacer es cubrir la maratón de Honolulú para su revista, una cosa llamada Running.





Nos bajamos en casa de Wilbur, instalamos un bar y un centro de operaciones junto a la esquina y, durante los minutos siguientes, nos limitamos a estar de pie bajo la lluvia y a dirigir todo tipo de improperios a los corredores que pasaban.
- Estás acabado, tío, no lo conseguirás.
- ¡Eh, gordo! ¿Te apetece una cerveza?
- Corre, tonto del culo.
- Levanta esas piernas.
- Traga mierda y muérete.
Solo uno de ellos, un tipo fornido que iba en los grupos delanteros se atrevió a replicarle:
- Ya te veré a la vuelta.
- No, qué va. No volverás a pasar. ¡Ni siquiera terminarás! Te derrumbarás por el camino.
El hecho de eructar cualquier tipo de insulto cruel y brutal que se nos pasara por la cabeza nos proporcionó una extraña sensación de libertad, porque era imposible que ninguno se detuviera a discutir. Veían a un grupo de depravados entre equipos de televisión, sombrillas de playa, cajas de cerveza y de whisky, música a tope y mujeres desenfrenadas, fumando cigarrillos.



Hunter S. Thompson. La maldición de Lono. Editorial Sexto Piso, 2016. Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez.


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