Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Necesitáis personas como yo... Necesitáis personas como yo para señalarlas con el dedo y decir: Ese es el malo... Y eso, ¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos?... No sois buenos... Simplemente sabéis esconderos. Sabéis mentir... Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento:

Tony Montana
Cómo ha cambiado irremediablemente mi vida. Siempre es el último día de verano y me he quedado fuera en el frío sin una puerta para volver a entrar. A lo largo de mi vida he dejado pedazos de corazón aquí y allí y ahora apenas me queda el suficiente para seguir viviendo. Pero fuerzo una sonrisa, sabiendo que mi talento sobrepasaba con mucho mi ambición. Ya
no hay caballos blancos ni mujeres guapas en mi puerta:

Georges Jung

lunes, 22 de febrero de 2016

Pedro Juan Gutiérrez: La línea oscura (6):






BORIS PASTERNAK EN SU DACHA

Cuando Boris Pasternak
ganó el Nobel
el gobierno soviético
no lo dejó viajar
para recibir su premio.
Tenían miedo de aquel escritor
serio y silencioso.
Siempre recuerdo su foto.
A página completa,
en la portada de Life,
en blanco y negro.
Alto y delgado,
moreno,
con una mirada penetrante y vital.
Muy serio, o triste quizás.
Tenía unas botas de goma,
de pie en el lodo,
en su huerto.
Con sus manos grandísimas y fuertes
agarraba el mango de madera de una pala.
La foto la tomaron
en su dacha,
en las afueras de Moscú.
Entonces yo era un niño
y pensé: "Este hombre es un amargado".
Ahora, cincuenta años después,
no tengo dudas.
El comunismo lo había amargado.
Stalin, la guerra, el KGB.
Ahora se sabe cómo lo hostigaron.
Un pueblo trágico. Demasiado castigado.
Pero él podía escribir poemas y novelas.
Y fue valiente.
Escribió duro
y se jugó el pellejo.
Pero no sonreía.
Supongo que después
invitó al fotógrafo
a un té negro y caliente
en el interior de la dacha.
Al parecer era otoño y había frío.
Los árboles ya no tenían hojas.
Y él, a pesar de todo,
seguramente era un hombre amable y educado.
Una vez, en abril de 1985, pregunté por su dacha.
Yo estaba en Moscú.
Todas las mañanas
salía a las afueras
a entrevistar cosmonautas
en su base de entrenamiento.
Había muchas dachas
en aquellos campos fríos y enlodados,
con niebla y restos de nieve.
Me pareció un lugar triste y pobre.
Pregunté varias veces:
¿Dónde está la dacha de Pasternak?
Y me respondían:
¿Quién es Pasternak?
Y sonreían con inocencia y candidez.



Pedro Juan Gutiérrez. La línea oscura. Editorial Verbum, 2015.


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