Diseño de portada: INÉS PRADILLA sobre una Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

jueves, 11 de febrero de 2016

La Generación Encantada (37): Pablo Benavente: Izar la negra (y 3):







IMPOSIBLE DE ESCRIBIR

No me asustan las alturas,
el daño causado por caídas,
que deje de mojarme la lluvia.
No me asusta echarte de menos
o que me haga daño, es más,
aún sin conocerla ya quería
que me doliese.
Qué sentido tiene si no.

No se merece que la acabe olvidando, no quiero que sea una más.
Se le quedan tan cortos los números
que preferiría no tener que darle ninguno.
No me asusta cambiarles el nombre a mis demonios,
o acabar edificándole un trono en mi particular infierno personal.
Estoy seguro que, hasta allí,
acabaría causando una revolución
-no me cuesta nada imaginármela liderando, bandera en mano,
a toda una multitud bolchevique-.

A decir verdad,
no me cuesta nada imaginármela.
Estas ganas de tocarla más que enfermizas son reparadoras,
y puede que eso sí que empiece a asustar un poco.
Me aterra esa afición suya a pasar por droga de diseño,
esa voz de polvo de estrellas hecho aire,
ese mapa del tesoro trazado a lunares por su cuerpo,
deberías haberle olido la piel el otro día,
cuando solo galáctica se le antojaba como adjetivo.

Me aterra llegar a querer encerrarla en una jaula
solo para poder regalarle, yo, la libertad.
Su libertad.
No hay mayor regalo que darle a alguien la libertad con la que vino al mundo.

Me asusta esa aura de destino alterado que la hace estar ahí
a posta, adrede,
como su no pudiera ser de otra forma.
Como si todos debiéramos estar acostumbrados a este tipo de milagros,
a verla a ella, dándole un cambio de temperatura al invierno,
despilfarrando magia por todos los poros de su piel,
cicatrizando cualquier herida impuesta,
encerrando bajo llave a todos los demonios a los que, ya,
no les interesa torturarme.
Dándolo vida a poemas póstumos,
a poetas acabados,
creando posteridades más allá de la la tapa de cualquier libro.

Sabes a fecha señalada
y tengo que darte las gracias, porque,
a pesar de todo lo que me haces,
ni yo, que te andaba buscando,
habría podido
escribirte de esta forma.



Pablo Benavente. Izar la negra. Frida Ediciones, 2016. Prólogo de Alberto Claver. Epílogo de David González. Cubierta de Cristina Reina.


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