Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Necesitáis personas como yo... Necesitáis personas como yo para señalarlas con el dedo y decir: Ese es el malo... Y eso, ¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos?... No sois buenos... Simplemente sabéis esconderos. Sabéis mentir... Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento:

Tony Montana
Cómo ha cambiado irremediablemente mi vida. Siempre es el último día de verano y me he quedado fuera en el frío sin una puerta para volver a entrar. A lo largo de mi vida he dejado pedazos de corazón aquí y allí y ahora apenas me queda el suficiente para seguir viviendo. Pero fuerzo una sonrisa, sabiendo que mi talento sobrepasaba con mucho mi ambición. Ya
no hay caballos blancos ni mujeres guapas en mi puerta:

Georges Jung

sábado, 31 de octubre de 2015

David González: Astronautas (2):



ASTRONAUTAS (2)

Su hijo, mi abuelo, Mariano, vivía en otra aldea, más cerca de la ciudad, en una casa de planta baja, con una huerta generosa y una cuadra con dos vacas que todavía lo eran más, generosas quiero decir. Daban leche suficiente como para que yo, a veces, acompañara a mi abuela a la city. Íbamos andando, cada uno con dos cubos de asas de metal, a venderla en distintos despachos de pan y leche, a cambio de unos pocas pesetas. Pero a lo que iba. Mi abuelo eligió la cuerda, la soga, para colgarse de una de las vigas de madera del techo de su cuadra y poner fin a su vida, una vida sencilla, con escasas alegrías. Le encontré yo, como ya escribí en cierto poema. Nadie se explica las razones que le llevaron a hacer eso. Sin embargo, no le recuerdo nunca, salvo cuando escribí aquel poema, colgando de aquella soga, igual que un vulgar forajido en el antiguo oeste americano. Siempre que me acuerdo de él, más a menudo quizá de lo que sería aconsejable, le veo en esa misma cuadra, aunque en circunstancias muy diferentes.


Mi abuelo se sienta en una banqueta de madera, baja, casi diminuta, una banqueta con solo tres patas, y se pone a catar, ordeñar, a una de las vacas, una a la que él, si mal no recuerdo, llamaba la Pinta. Escucho el sonido de los chorros de leche al romper contra uno de aquellos cubos de metal de los que te hablaba antes, muy parecido, el sonido, al de la lluvia al crepitar sobre un tejado de zinc. Luego, un solo chorro, que llena hasta el borde un cuenco de loza, lo que ahora llamamos bol, del que mi abuelo me da de beber. Pero, todavía hoy, lo que más recuerdo es la cara de mi abuelo Mariano. La expresión de absoluta felicidad que se reflejaba en ella, la paz que transmitía, solo por ver como su nieto, el primero de los cuatro que tenía, se relamía, satisfecho, tras beber sin respirar la sabrosa leche de la Pinta. Así que, si te soy sincero, yo tampoco me lo explico. Pero como ya te he dicho: ARRGGG. XH-HHHH. Muerte en la horca. Suicidio.


David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.

David González: Astronautas (1)



ASTRONAUTAS (1)


Mi bisabuelo se ahogó en un regato. Subía el hombre, en madreñas, a altas horas de la madrugada, por una caleya por la que descendía una pobre corriente de agua de lluvia, tan pobre que ni siquiera le cubría por los tobillos. Mi bisabuelo, del que cuenta la leyenda que había mantenido relaciones con todas las mujeres de su aldea menos con una, acababa de cerrar el chigre de la Última Oportunidad, costumbre esta, por cierto, muy del gusto también de su biznieto, y ascendía a duras penas, col carru compuestu, como una peonza, por la penosa cuesta, hasta que, claro, en una de esas resbaló o tropezó, perdió la vertical en todo caso, se vino abajo y dio en tierra. Quedó tendido a la larga. Boca abajo. De lo borracho que estaba no tuvo fuerzas no ya para levantarse sino ni siquiera para darse la vuelta. GLUB. GLUG. GLUB. Muerte por ahogamiento.


David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.

viernes, 30 de octubre de 2015

Día Social del Ateneo: Hoy a las 20:00h:



Esta tarde noche, a partir de las ocho, 20:00h, el Ateneo Obrero de Gijón celebra su Día Social, con el programa de actividades culturales que puedes leer en este cartel:





L`ASTROME QUI REGARDE EN BAS

Lavas las manos
en lo profundo del cosmos
mientras me miras
con sonrisa dulce
y dices que me entiendes.


Sofía Castañón en Heterogéneos. Ediciones Escalera, 2011.




jueves, 29 de octubre de 2015

Inés Toledo: Blancanieves:





BLANCANIEVES

La Reina mata el tiempo.

Tras un crimen mal hecho,
su Rey la ha abandonado,
y los minutos muertos
de muertos van llenando
todos los aposentos de palacio.

No es,
ni mucho menos,
la más bella del reino.

Durante cuántos años
se dedicó a romperse,
rompiendo cada espejo impertinente.

(Qué difícil,
caminar por la calle
sin que te insulten todos los cristales).

La Reina también sabe
que a su vida y su torre
no llegarán príncipes a galope
para callar el ruido de su historia loca.

Mientras tanto,
en el bosque,
hay quien vive feliz con enanos idiotas.

Rota.
Devastada.
Amiga, no me extraña
que dediques las tardes a envenenar manzanas.

Por lo menos, te cuento
que yo sí estoy de acuerdo
en lo mal que nos han contado el cuento.



Inés Toledo en El desafío.





Walt Whitman:





51

El pasado y el presente se han marchitado:
     yo los he colmado y saciado,
Y ahora me dispongo a colmar el próximo
     pliegue del futuro.

¡Tú que me escuchas! ¿Qué tienes para
     confiarme?
Mírame a la cara mientras aspiro la
     fragancia del crepúsculo,
(Habla honestamente, nadie más te oye, y
     solo estaré un instante todavía).

Muy bien, sí, me contradigo
(Soy enorme, contengo multitudes)

Me dirijo a los que están cerca, espero
     en el umbral.

¿Quién ha acabado el trabajo del día?
     ¿Quién terminará antes su cena?
¿Quién quiere hablar conmigo?
¿Querrás hablarme antes de que parta?
     ¿O lo harás cuando sea demasiado tarde?



Walt Whitman. Hojas de hierba. Adiax, 1982.

Traducción de Mirta Rosenberg.



martes, 27 de octubre de 2015

David González: Honoris Causa:



            HONORIS CAUSA

con todos mis respetos
            permita que le diga
            que un poeta 
            que como usted
            señor lobón
            ha escrito desgarradores versos como

            había mujeres que enloquecían al amanecer: oigo sus gritos
            amarillos

            no debería
            bajo ningún concepto o circunstancia
            no debería repito
            aunque solo sea por deferencia y respeto
            hacia esas madres que enloquecían al amanecer
            inclinarse ante rey alguno
y          menos aún ante uno puesto a dedo en su trono
            por el mismo general y dictador por culpa del cuál

            había madres que enloquecían al amanecer

            cuando los represores franquistas
            como sin duda usted sabe mejor que yo
            venían a llevarse a sus hijos y a sus maridos
            con el único propósito de pegarles un tiro en la nuca
o          fusilarles contra un improvisado paredón
            para seguidamente
            como usted mismo dejó por escrito:

            cuerpos al borde de
            las acequias frías.

            Amortajados
            en la luz.

            mucho me temo señor lobón que

            por muchas reverencias a cobro revertido
            por muchos doctorados honoris causa que reúna
o          por muchos premios literarios que le concedan
           
            hasta que la muerte la suya haga acto de presencia
            usted
            vasallo lobón
            seguirá escuchando cada noche
y          ya puede ponerse tapones en sus oídos si quiere

            los gritos

            de aquellas mujeres que enloquecieron al amanecer:

           

cada noche:



David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.


Vamos a contar verdades (8): Picasso, el Monigote:



Te presento a Max Jacob en un lienzo de Amedeo Modigliani:




Max Jacob fue escritor, poeta, dramaturgo y pintor francés. Max Jacob era de origen judío. Los nazis le apresaron en Saint-Benoit y le trasladaron, como al ganado, al campo de concentración de Drancy, en el que lo asesinarían en 1944. En los campos de concentración la gente no se moría. La mataban. La gaseaban. Max Jacob fue la persona que más apoyó a Picasso, el Monigote, en sus duros inicios en París. Una de las personas que más apoyó asimismo al cubismo. La persona que más apoyó al Monigote en sus duros inicios en París, repito, insisto. Una vez recluido en el campo de concentración de Drancy, pidió ayuda a Picasso, el Monigote, en infinidad de cartas. Pero Picasso, el Monigote, jamás le contestó, olvidando, insisto, a quien más le ayudó en sus duros principios parisinos. De hecho, los amigos de Max Jacob, artistas todos ellos, firmaron cierto documento intercediendo ante las autoridades nazis para que fuera puesto en libertad. Ese documento lo firmaron todos sus amigos. Todos menos uno: el Monigote, que se limitó a decir que Max Jacob solo era un pobre diablo. 

Pronto hará dos años de uno de mis mejores recuerdos relacionados con el arte y, de algún modo, con el propio Max Jacob, en su memoria. Sucedió en Málaga. Cuando Manuela, dos poetas malagueños, de los que no diré su nombre no vaya a ser que sufran represalias, y yo, después de cerrar el último bar, empezamos a gritar todos a una por las desiertas, salvo algún que otro coche de la policía, y silenciosas calles malagueñas el siguiente estribillo: 

¡Picasso, monigote! ¡¡Picasso, monigote!! ¡¡¡Picasso, monigotes!!!

Y, por último, te presento una imagen al natural de Max Jacob. Fíjate bien en su cara. Quédate con ella. Imprímela si ello fuera preciso. Así la tendrás fresca en tu memoria la próxima vez que decidas ir a un museo a contemplar la obra del gran genio, el Monigote. Y cuando te encuentres frente a alguno de esos espantajos, rostros de mujer desfigurados, que constituyen la mayor parte de la obra del Monigote, reflexiona sobre esto: piensa que tú eres en realidad Max Jacob y piensa únicamente en si cambiarías, si darías, tu vida, tu propia vida, por una sola de las "geniales" obras de Picasso, el Monigote. Solo piensa en eso. Y ya que conmigo no lo vas a ser, sé al menos sincero contigo mismo. 


Quizá también, si eres de los que piensan que la vida y la obra de un artista no van de la mano, te interesaría echarle un vistazo al siguiente enlace sobre una biografía del Monigote que, esperemos, traduzcan pronto al castellano, aunque permíteme dudarlo. Hay mucho dinero en juego:





David González en Vamos a contar verdades, Cuaderno 4, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.





lunes, 26 de octubre de 2015

Vamos a contar verdades (7): Un diccionario de referencia de literatura española:



UN DICCIONARIO DE REFERENCIA DE LITERATURA ESPAÑOLA

Imagínate. Yo era, todavía lo soy, un escritor, poeta para más señas, que luchaba por abrirse camino, palabra a palabra, en el competitivo y despiadado y nada artístico negocio de la literatura. Y encima, para variar, aquella mañana en concreto disponía de dinero en mi cartera. Así que cuando alguien, no recuerdo ahora quién, me comentó, no puedo recordarlo todo, que en un monumental y prestigioso diccionario de literatura española, obra de referencia ya disponible en librerías, aparecía un artículo con mi nombre, imagínate… Sí, tío, o tía, supones bien. Me faltó tiempo, en efecto, para irrumpir en la librería Paradiso, mi librería habitual y única, junto a la Buena Letra y a la Revoltosa, en la que aún es posible encontrar algunos de mis libros de poemas, lo digo más que nada por si algún día te pasas por mi ciudad, y comprar un ejemplar de dicho diccionario de literatura española:

Es que me han dicho que salgo yo en él, le comenté al librero, que no sé si me felicitó o no por ello, pero de lo que no me olvido, todavía hoy me duele, es del precio que me costó aquel voluminoso tocho de literatura española, esto es: sesenta y un euros. Sesenta y uno, sí. El precio que pagué en aquel entonces para satisfacer mi vanidad.

¿Quieres bolsa?, me preguntó el librero.

No, le respondí: Me lo llevo puesto, o alguna parida por el estilo.

Mi idea, mi intención, era ir hojeándolo de camino a casa y si acaso pararme en cualquier esquina, igual que una mujer de las cuatro letras, y leer el artículo alusivo a mi persona. Sin embargo, no lo hice. Querría, supongo, no sé, llegar a casa cuanto antes para compartirlo con Chica, sin la cuál nada de aquello habría sido posible, y leérselo en voz alta. El artículo a mi nombre aparecía justo a continuación del de otro poeta, en paz descanse, que para entonces ya había recibido importantes galardones, entre ellos el Príncipe de Asturias o el Reina Sofía. Pintan oros, pensé, al suponer, suposición nada descabellada, que esa circunstancia o coincidencia alfabética haría que más lectores se fijaran en mi primer apellido, González, y en mi nombre, David, y leyeran, quizá, mi artículo, lo leyeran entero, y, en consecuencia, cosas más raras se han visto, se decidieran a adquirir alguno de mis libros de poemas. Ya sabes, el cuento de la lechera… Pero Chica cogió una silla, una silla de mimbre en la que en cierta ocasión había permanecido sentado una noche entera con una motosierra sobre mis muslos, se sentó a mi lado, en mi mesa de trabajo, y como ya de entrada me agradó, y mucho, que se citara el nombre de la aldea en donde había nacido, San Andrés de los Tacones, empecé a leer con verdadero entusiasmo:

Poeta. Colaborador habitual de revistas y fanzines, dirige la colección Zigurat, editada por el Ateneo Obrero de Gijón… Hasta aquí, aunque no se aclarase si la colección Zigurat era de poesía, narrativa o teatro, todo bien, así que continué con la lectura: Se trata de un autor peculiar, condenado a 20 años de prisión por atraco a mano armada y en cuyos versos esta experiencia tiñe de fuerza visceral cuanto escribe, que es sencillamente autobiográfico sin ningún ocultamiento. Destacan sus poemarios… Es autor, asimismo…

¿Pero no me habías dicho que te habían condenado a cinco años por aquel atraco?, fue lo primero que me preguntó Chica cuando concluí la lectura de las catorce líneas de que se componía aquel breve texto y sería también lo primero que se preguntarían quienes leyeran aquel mismo artículo de mierda.

En realidad, me condenaron a cuatro años, nueve meses y once días, le contesté: de los que cumpliría solo treinta y cinco meses.

¿Entonces por qué han puesto veinte?, me preguntó ella y me preguntaba yo.

No ponen atención a lo que hacen, le respondí: Para esta gente la literatura es solo una forma como otra cualquiera de ganarse la vida, le expliqué, y no una forma de vida, como lo es para mí.

Por otra parte, como no se facilita un dato crucial, el de la fecha en que había sido condenado a esos veinte años de prisión, daba la impresión, a mí me la daba, y a Chica lo mismo, que esa condena me había sido impuesta recientemente, con lo que, si se tiene en cuenta el año de edición del diccionario y la condena a veinte años, la conclusión a la que llegaría cualquier lector medianamente despierto es que el peculiar autor de los cojones, yo, aún sigue pudriéndose en alguna fría, húmeda y oscura mazmorra.

O sea, calculó Chica, que no recobras la libertad hasta el año 2023.

Con buen comportamiento y algunas hojas meritorias, me reí, quizá antes, hacia el 2017 o 18.

Como apenas quedan poco más de dos meses para entrar en el 2016, en realidad, ya casi se podría decir que huelo a calle. Lo diré. Huelo a calle. Cuando la pise, la calle, y regrese a mi casa, el diccionario de marras aún seguirá viviendo en ella, criando polvo en algún estante, que es lo que se merece y para lo único que vale. Sin embargo, Chica no. Chica ya no estará.



David González en Vamos a contar verdades, Cuaderno 4, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.