Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

lunes, 21 de diciembre de 2015

Sorpresas Navideñas (1):


Esta mañana, la cartero de mi barrio me dejó en el buzón lo que no dudo en calificar de auténticas sorpresas navideñas. La primera procede de Zamora, ciudad en la que tengo grandes amigos escritores, y consiste en un sobre que contiene esta postal, con unas hermosas palabras que me guardo para mí:




                                                                                                                                 y que contiene también, y esta es una sorpresa dentro de otra, un poemario de mi admirada Ana Vega, en concreto este poemario:





Nunca se me ocurre qué decir ante estas hermosas sorpresas que, sean por Navidad o no, a veces me depara la vida, la gente. Son cosas que me desarman. Porque no cuento con ellas. Quizá porque no creo merecerlas.  No sé. De ahí que nunca se me ocurra otra cosa que dar las consabidas gracias. Así pues: GRACIAS, MUCHAS GRACIAS, a LUIS LABRADOR por estos regalos que ya guardo en mi corazón. Y nada mejor que compartir aquí estos dos poemas incluidos en el desgarrador libro de la poeta Ana Vega:


                                                                                                              
Y en mí
continúa
tu presencia.
El frío acecha
terrible
hasta los huesos.
La piel desiste.

(pág. 18)


Lo intento de nuevo.
Tanteo,
firme el paso,
y cuando al fin
me decido a mirar
ya no hay reflejo,
no queda nada.
El cristal se cierra
sobre sí mismo
como una verdad implacable.

(pág. 35)


Ana Vega. Breve testimonio de una mirada. Amargord Ediciones, 2010. Prólogo de Francisco Alba.



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