Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

martes, 3 de noviembre de 2015

David González: Astronautas (6):





ASTRONAUTAS (6):

Llegado a este punto, ya en el canto de la sepultura, todavía estaré a tiempo, si me acojono, de arrepentirme, otra de las ventajas nada desdeñable del suicidio por sobredosis de insulina, y dar marcha atrás, esto es: endulzar mi paladar y mi sangre mediante la ingesta de varios sobres o terrones de azúcar. Eso, claro está, en el supuesto de que el cansancio, otro de los síntomas de una muerte por sobredosis de insulina, no haya hecho mella en mí y me impida estirar el brazo hacia la mesilla de noche, donde siempre, tanto si decides suicidarte como si no, deberías tener al alcance de la mano unos sobres o terrones de ese antídoto. Ahora bien, como no haya sido previsor y tenga que levantarme a la cocina, y mira tú que me queda cerca, a por el dichoso azúcar o, en su defecto, a por cualquier otro alimento rico en contenidos de glucosa, esto es, chocolate, fruta, galletas, rebanadas de pan… entonces apaga y vámonos, porque para mí se acabó lo que se daba, se acabó lo malo: la huelga general de brazos caídos de todos y cada uno de los músculos de mi desencantado cuerpo, debilidad extrema sería la expresión correcta, haría fracasar cualquier intento por mi parte de abandonar el ataúd en el que, no tardando mucho, se transformará mi cama, la misma cama que, recuerdo, compramos Chica y yo cuando nos mudamos, quince años atrás, a esta casa de prestado en la que aún sigo viviendo, perdón, en la que aún sigo muriendo. Por poco tiempo ya, sin embargo, puesto que la pesadez de mis párpados, el vaivén de mi cabeza y, todo hay que decirlo, el agradable y delicioso sopor que se está apoderando de mí me sumirán, cristalizarán, en un sueño dulce, dorado y profundo, el sueño de los justos: El Sueño Eterno. Coma diabético. En este estado, comatoso, sufriré convulsiones similares, imagino, a las de un ataque de epilepsia, aunque, desde luego, yo no seré consciente de ellas. A estas alturas de la narración, y a todos los efectos, ya me he suicidado y estoy muerto, más muerto que vivo, librándote con ello de mi desagradable y molesta presencia, espejo en el que nadie quiere mirarse, y en consecuencia, como comprenderás, no puedo hacer uso de la facultad del habla, sin embargo, déjame decirte, lo creas o no, que no sería la primera vez que me hacen resucitar, y no Jesucristo precisamente, lo que me da la oportunidad de revelarte, con conocimiento de causa, de primera mano, cierta información que considero pertinente y valiosa.


David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.


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