Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

lunes, 2 de noviembre de 2015

David González: Astronautas (5):




ASTRONAUTAS (5)

Como doy por sentado que estudiaste la tabla de multiplicar y que te sabes la respuesta, mejor me la ahorro e invierto mi tiempo, precioso por otra parte, en darte a conocer las ventajas, solo ventajas, que acarrea una muerte de las características de la que yo he elegido para mí. Siempre le escuché decir a mis mayores que hombre precavido vale por dos, así pues, de entrada, es conveniente, más que recomendable, ir, tirarse, a lo seguro, por lo que, llegado el momento, he decidido inyectarme, vía subcutánea, hasta la última dosis de insulina de cada uno de los bolígrafos que vienen en cada caja de seis. Hasta la última. Llevar a cabo esta operación, que dudo si calificar como cálculo de matemáticas, no me llevará, deduzco, más allá de diez o doce segundos de mi, por otra parte, y estarás de acuerdo conmigo, inútil tiempo. Una vez hecho esto, en apariencia lo más difícil, solo me restará sentarme a esperar. Sentarme no. Con el cansancio que últimamente arrastro, mejor me acuesto entre las sábanas limpias. Y desnudo, y enseguida entenderás el motivo. Encenderé, entonces, la caja lista, que de tonta, contra lo que se nos quiere hacer creer, no tiene un pelo, nada, sintonizando en el Canal de Historia, y subrayo lo de Historia, ese programa sobre alienígenas en el que Según la teoría de los antiguos astronautas…


La muerte todavía me concederá un cómodo margen de tiempo, un arco de tiempo, el necesario, me consta, no más, para que pueda tensar al máximo mi pensamiento y disparar mis últimas palabras, quizá un aforismo, tal vez un haiku, que, como flechas, quizá acierten de lleno en el centro de la diana, o tal vez no. Da lo mismo. Nunca lo voy a saber. Empezaré a sentir, a padecer, en mi organismo, los síntomas que preceden al coma diabético, esto es, los que anticipan el fin, asegurándome, para toda la eternidad, un lugar en la nada. Para empezar, caeré preso de los nervios y de la irritación. A continuación, verborrea, carente, las más de las veces, de sentido común. De inmediato, el calor, un calor sofocante, que, sin embargo, como sería lógico pensar, no se transmitirá, sacándole los colores, a mi rostro, que, por el contrario, se verá más pálido a cada minuto que pase, más parecido, en definitiva, un sosias, al del frío cadáver en que pronto me convertiré. Seguidamente, entre mi vista y la de un borracho cualquiera no se apreciará ninguna diferencia. Dicho con otras palabras: empezaré a ver doble, y luego mi visión se volverá borrosa, confusa… Para entonces ya habré comenzado a destilar agua a través de mis poros. Cada poro de mi piel, para que te hagas una idea, un géiser y su columna de sudor. Terminaré calado hasta los huesos, hasta el colchón. Limpio, en realidad.


David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.

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