Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

domingo, 1 de noviembre de 2015

David González: Astronautas (4):




ASTRONAUTAS (4)

Me toca. Es mi turno. Empezaré con unas breves, pero contundentes, máximas que pronuncié, que mi madre recuerde, en mi más tierna infancia. Cuando sea mayor, afirmé, muy seguro de mí mismo, no voy a hacer la mili, y así fue, no la hice, libré. Cuando sea mayor, prometí, no voy a traer hijos a este mundo, y así fue también, no los traje. Finalmente, la sentencia que más tiene que ver con el tema que nos ocupa: la voy a palmar, predije, a la misma edad en que falleció mi abuelo por parte de madre, mi abuelo Luis. Que bastante hizo el hombre, tras una vida de sangre, miseria y duro trabajo, con aguantar hasta los sesenta y un asaltos. Me quedan, pues, todavía diez. Todavía. Tiempo suficiente, o eso espero, para concluir la escritura de Los que viven conmigo, mi ciclo autobiográfico, poético y narrativo. Después, o quizá antes, si la situación se vuelve insostenible, al igual que mi abuelo Mariano, yo también me decantaré por el suicidio. Ahora bien, a diferencia de mi bisabuelo y de mi padre, a mi no me agrada el agua. Es más, cuando voy a cenar a un restaurante, las escasas ocasiones en que mi economía me lo permite, si el camarero me pregunta: ¿Quieren agua los señores?, mi respuesta, con la mejor de mis sonrisas, es siempre la misma: El agua es para los peces. Una vez, en París, en Saint-Germain-des-Prés, al camarero del café Les Deux Magots, se lo dije en francés, en mi francés: L`eau est pour les poissons. Así que el suicidio por ahogamiento queda descartado. Como también la soga que utilizó mi abuelo Mariano o mi colega Santiago Riesgo. Pensé, por supuesto, en volarme la tapa de los sesos. Sabría como hacerme con una pipa, una pistola, pero, en mis actuales circunstancias, su precio, entre 300 y 600 euros, se me antoja prohibitivo. Además, la sangre es muy escandalosa y no me lleva la conciencia dejarle semejante marrón a Manuela.


No sería justo que encima tuviera que limpiar mis rizos y mi sangre y mis sesos esparcidos por la pared, estampados incluso en el cartel, de grandes dimensiones, de El beso del Hôtel de Ville, la icónica fotografía, un montaje, de Robert Doisneau, fijado a ella con cuatro chinchetas. Menos aún, cuando, como es mi caso, dispongo de un medicamento, infalible y silencioso, que me asegura una muerte digna, limpia e indolora. Completamente legal, dicho sea de paso. De hecho, me lo receta mi médica de cabecera. Y en caso de que ella leyera este texto tendría, igualmente, que recetármelo. Si se negara, el resultado sería el mismo, es decir, la muerte, la mía. Me refiero, claro está, a la insulina que debo inyectarme cuatro veces cada día, antes de cada comida, con el único propósito de seguir con vida, una vida que cada día se parece más a la de un monje de clausura. De ahí que siempre tenga a mano, lleve conmigo, allá a dónde vaya, una caja con seis bolígrafos de insulina. Si cada bolígrafo contiene 300 dosis, ¿cuántas dosis contiene la caja?  


David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.

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