Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

lunes, 26 de octubre de 2015

Vamos a contar verdades (7): Un diccionario de referencia de literatura española:



UN DICCIONARIO DE REFERENCIA DE LITERATURA ESPAÑOLA

Imagínate. Yo era, todavía lo soy, un escritor, poeta para más señas, que luchaba por abrirse camino, palabra a palabra, en el competitivo y despiadado y nada artístico negocio de la literatura. Y encima, para variar, aquella mañana en concreto disponía de dinero en mi cartera. Así que cuando alguien, no recuerdo ahora quién, me comentó, no puedo recordarlo todo, que en un monumental y prestigioso diccionario de literatura española, obra de referencia ya disponible en librerías, aparecía un artículo con mi nombre, imagínate… Sí, tío, o tía, supones bien. Me faltó tiempo, en efecto, para irrumpir en la librería Paradiso, mi librería habitual y única, junto a la Buena Letra y a la Revoltosa, en la que aún es posible encontrar algunos de mis libros de poemas, lo digo más que nada por si algún día te pasas por mi ciudad, y comprar un ejemplar de dicho diccionario de literatura española:

Es que me han dicho que salgo yo en él, le comenté al librero, que no sé si me felicitó o no por ello, pero de lo que no me olvido, todavía hoy me duele, es del precio que me costó aquel voluminoso tocho de literatura española, esto es: sesenta y un euros. Sesenta y uno, sí. El precio que pagué en aquel entonces para satisfacer mi vanidad.

¿Quieres bolsa?, me preguntó el librero.

No, le respondí: Me lo llevo puesto, o alguna parida por el estilo.

Mi idea, mi intención, era ir hojeándolo de camino a casa y si acaso pararme en cualquier esquina, igual que una mujer de las cuatro letras, y leer el artículo alusivo a mi persona. Sin embargo, no lo hice. Querría, supongo, no sé, llegar a casa cuanto antes para compartirlo con Chica, sin la cuál nada de aquello habría sido posible, y leérselo en voz alta. El artículo a mi nombre aparecía justo a continuación del de otro poeta, en paz descanse, que para entonces ya había recibido importantes galardones, entre ellos el Príncipe de Asturias o el Reina Sofía. Pintan oros, pensé, al suponer, suposición nada descabellada, que esa circunstancia o coincidencia alfabética haría que más lectores se fijaran en mi primer apellido, González, y en mi nombre, David, y leyeran, quizá, mi artículo, lo leyeran entero, y, en consecuencia, cosas más raras se han visto, se decidieran a adquirir alguno de mis libros de poemas. Ya sabes, el cuento de la lechera… Pero Chica cogió una silla, una silla de mimbre en la que en cierta ocasión había permanecido sentado una noche entera con una motosierra sobre mis muslos, se sentó a mi lado, en mi mesa de trabajo, y como ya de entrada me agradó, y mucho, que se citara el nombre de la aldea en donde había nacido, San Andrés de los Tacones, empecé a leer con verdadero entusiasmo:

Poeta. Colaborador habitual de revistas y fanzines, dirige la colección Zigurat, editada por el Ateneo Obrero de Gijón… Hasta aquí, aunque no se aclarase si la colección Zigurat era de poesía, narrativa o teatro, todo bien, así que continué con la lectura: Se trata de un autor peculiar, condenado a 20 años de prisión por atraco a mano armada y en cuyos versos esta experiencia tiñe de fuerza visceral cuanto escribe, que es sencillamente autobiográfico sin ningún ocultamiento. Destacan sus poemarios… Es autor, asimismo…

¿Pero no me habías dicho que te habían condenado a cinco años por aquel atraco?, fue lo primero que me preguntó Chica cuando concluí la lectura de las catorce líneas de que se componía aquel breve texto y sería también lo primero que se preguntarían quienes leyeran aquel mismo artículo de mierda.

En realidad, me condenaron a cuatro años, nueve meses y once días, le contesté: de los que cumpliría solo treinta y cinco meses.

¿Entonces por qué han puesto veinte?, me preguntó ella y me preguntaba yo.

No ponen atención a lo que hacen, le respondí: Para esta gente la literatura es solo una forma como otra cualquiera de ganarse la vida, le expliqué, y no una forma de vida, como lo es para mí.

Por otra parte, como no se facilita un dato crucial, el de la fecha en que había sido condenado a esos veinte años de prisión, daba la impresión, a mí me la daba, y a Chica lo mismo, que esa condena me había sido impuesta recientemente, con lo que, si se tiene en cuenta el año de edición del diccionario y la condena a veinte años, la conclusión a la que llegaría cualquier lector medianamente despierto es que el peculiar autor de los cojones, yo, aún sigue pudriéndose en alguna fría, húmeda y oscura mazmorra.

O sea, calculó Chica, que no recobras la libertad hasta el año 2023.

Con buen comportamiento y algunas hojas meritorias, me reí, quizá antes, hacia el 2017 o 18.

Como apenas quedan poco más de dos meses para entrar en el 2016, en realidad, ya casi se podría decir que huelo a calle. Lo diré. Huelo a calle. Cuando la pise, la calle, y regrese a mi casa, el diccionario de marras aún seguirá viviendo en ella, criando polvo en algún estante, que es lo que se merece y para lo único que vale. Sin embargo, Chica no. Chica ya no estará.



David González en Vamos a contar verdades, Cuaderno 4, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.


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