Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

sábado, 24 de octubre de 2015

Vamos a contar verdades (6): El comisario que me dedicó su novela de serie negra:




EL COMISARIO QUE ME DEDICÓ SU NOVELA DE SERIE NEGRA

David, en portugués, al igual que en castellano, se escribe David. Es decir, mi nombre de pila termina en la cuarta letra del abecedario. Termina en d, de David. O de disparo.  No lo olvides. Porque me encuentro con Liana, mi mujer en aquella época, año 1995, en la única semana del año que en vez de siete días tiene dos más, nueve: la Semana Negra. Caminamos, abriéndonos paso entre la muchedumbre, hacia la caseta de una librería en la que Ceresso, un novelista brasileño de género negro al que yo por entonces admiraba sin reservas, firmaría y dedicaría sus libros a sus lectores, escasos todo hay que decirlo. De hecho, ni siquiera tuve que guardar cola. A Ceresso, un hombre ya mayor, de aspecto quijotesco, apenas se le veía, protegido por la sombra permanente de Suzy, una jovencísima escritora, otra rémora, que, además de ejercer de secretaria particular de Ceresso, aprovechaba su estancia en la ciudad para promocionar su propia novela. Le pasé mi ejemplar a Suzy que, a su vez, se lo entregó a Ceresso que, inclinándose hacia delante y saliendo a medias de la sombra permanente que le envolvía, me preguntó mi nombre para dedicarme su novela, una primera y rara edición a la que no prestó la menor atención. Le dije que me llamaba David González. Entonces Ceresso abrió el libro por la segunda página y empezó a escribir con letra temblorosa hasta que alzó de nuevo la mirada y me preguntó:

¿David se escribe con d?

La pregunta, no me importa confesarlo, me molestó, y faltó poco, muy poco, menos que el canto de un billete de cinco euros, para que arrancara el libro, mi libro, de las manos largas y esqueléticas de Ceresso y me abriera de allí cagando leches, pero la mirada, suplicante, de Liana, que, sin palabras, venía a decirme Venga, David, no te mosquees, ¿no ves que solo es un pobre viejo? No montes uno de tus números aquí, por favor… No lo monté. Ningún número. Le hice caso a Liana. En vez de eso:

No, le contesté a Ceresso: David se escribe con Z.

¿Z?, preguntó Ceresso, que por lo visto era sordo también.

Sí, eso es, le respondí: Z, de Zoquete, le aclaré: O de Zorra, agregué, al tiempo que, descaradamente, sin cortarme un pelo, desnudaba con la mirada a Suzy… Finalmente, en su dedicatoria, de considerable extensión, pero que voy a tomarme la libertad de reproducir entera en este texto, el viejo y acabado Ceresso, con una caligrafía que a Liana y a mí nos costó dios y ayuda descifrar, escribiría las siguientes palabras:

Para Daviz

muito cordialmente

Ceresso Braga

11 julio 1995

El muy cabrón, o viejo chocho, se comió mi primer apellido. Buen provecho, comisario Braga.


David González. Vamos a contar verdades. Cuaderno 4, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.


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