Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

miércoles, 7 de octubre de 2015

Muhsin Al-Ramli: Adiós, primos:





      Estando de permiso después del indulto, Saadi pidió a su madre que le tejiera una borla para llevar en el hombro como un cabo. Se lo hizo con alegría, pensando que le habían ascendido y que seguiría su servicio militar. Sin embargo, eso no pasó. Después de más de un intento exitoso de imitar un grado más alto, incluso el de oficial, Saadi se aburrió de la vida militar porque "no es bonita". Huyó a los trigales, donde los chicos, los burros y el placer le esperaban. Qasim también se escapó después de haber visto ciudades y pueblos arrasados y de haber entrado en casas cuyos dueños habían huido dejando los vasos de té a medio beber, fotos que le miraban con amargura, y trajes nupciales en el armario. Consiguió asistir a la boda de su hija Shaima, aquella chica delicada, delgada y sumisa, a diferencia de su madre. No había experimentado un júbilo tan auténtico de su propio enlace con Hasiba, quien temía que una enfermedad asediara a su hija antes del matrimonio, de manera que no pudo abstenerse de bailar mientras abrazaba a su hija en el traje de novia. La chica parecía pequeña, preciosa, como una muñeca de niñas, sus dedos aferrados al codo de su novio gordo, cuyo cuerpo hinchado casi reventó las mangas de su traje e hizo volar sus botones a la vez que secaba el sudor resumado de las sienes sonrojadas y del cuello rechoncho.


Muhsin Al-Ramli. Adiós, primos. Editorial Verbum, 2014. De la fotografía: Qahtan Alameen. 
   

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