Diseño de portada: INÉS PRADILLA sobre una Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

sábado, 31 de octubre de 2015

David González: Astronautas (2):



ASTRONAUTAS (2)

Su hijo, mi abuelo, Mariano, vivía en otra aldea, más cerca de la ciudad, en una casa de planta baja, con una huerta generosa y una cuadra con dos vacas que todavía lo eran más, generosas quiero decir. Daban leche suficiente como para que yo, a veces, acompañara a mi abuela a la city. Íbamos andando, cada uno con dos cubos de asas de metal, a venderla en distintos despachos de pan y leche, a cambio de unos pocas pesetas. Pero a lo que iba. Mi abuelo eligió la cuerda, la soga, para colgarse de una de las vigas de madera del techo de su cuadra y poner fin a su vida, una vida sencilla, con escasas alegrías. Le encontré yo, como ya escribí en cierto poema. Nadie se explica las razones que le llevaron a hacer eso. Sin embargo, no le recuerdo nunca, salvo cuando escribí aquel poema, colgando de aquella soga, igual que un vulgar forajido en el antiguo oeste americano. Siempre que me acuerdo de él, más a menudo quizá de lo que sería aconsejable, le veo en esa misma cuadra, aunque en circunstancias muy diferentes.


Mi abuelo se sienta en una banqueta de madera, baja, casi diminuta, una banqueta con solo tres patas, y se pone a catar, ordeñar, a una de las vacas, una a la que él, si mal no recuerdo, llamaba la Pinta. Escucho el sonido de los chorros de leche al romper contra uno de aquellos cubos de metal de los que te hablaba antes, muy parecido, el sonido, al de la lluvia al crepitar sobre un tejado de zinc. Luego, un solo chorro, que llena hasta el borde un cuenco de loza, lo que ahora llamamos bol, del que mi abuelo me da de beber. Pero, todavía hoy, lo que más recuerdo es la cara de mi abuelo Mariano. La expresión de absoluta felicidad que se reflejaba en ella, la paz que transmitía, solo por ver como su nieto, el primero de los cuatro que tenía, se relamía, satisfecho, tras beber sin respirar la sabrosa leche de la Pinta. Así que, si te soy sincero, yo tampoco me lo explico. Pero como ya te he dicho: ARRGGG. XH-HHHH. Muerte en la horca. Suicidio.


David González en el Cuaderno 3, inédito, del ciclo Los que viven conmigo.

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