Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

martes, 29 de septiembre de 2015

David González: 29 de Septiembre de 1964: Justo ahora: 51:


A las nueve y media de la mañana, en punto, de un 29 de septiembre de 1964, justo ahora, tras un duro tira y afloja que se prolongó por espacio de unas cuantas horas y en el que, a lo que parece, según me contaron, yo no me acuerdo, me opuse con todas mis fuerzas, imagínate qué fuerzas podría tener yo, a ser expulsado para siempre de mi casa, es decir, del claustro materno, en lo que más tarde la prensa y demás medios de comunicación de la época calificarían de claro ejemplo de resistencia espartana, finalmente, la comadrona, a la que mi padre había ido a buscar en bicicleta, Sela se llamaba, nunca olvidaré ese nombre, Sela repito, me arrancó del vientre de mi madre, que, por cierto, también cumple años hoy, pero esta tarde, a la seis, felicidades Mamá... Al principio, aquella mujer, la comadrona, Sela te recuerdo, a la que mi padre trajo en el sillín de su bicicleta, se comportó muy bien conmigo. Me quitó unas mierdas que tenía en la nariz y que me impedían respirar con generosidad el aire vivificante de la aldea de San Andrés de los Tacones. Pero enseguida, sin venir a cuento, sin que yo le hubiera hecho nada malo, qué podía hacerle yo, eh, qué podía haberle hecho si era, y puedes creerme, que no te miento, la primera vez que la veía en toda mi vida, enseguida me agarró por los tobillos, me puso boca abajo, de manera que por poco echo hasta la primera papilla, y, sin mediar palabra alguna, me dio unos cuantos cachetes en mi diminuto trasero, unes ñalgaes, por expresarlo en su idioma, hasta que, claro, quién no, rompí a llorar. ¿No llorarías tú también o qué? Lloré, si te digo la verdad, como nunca antes lo había hecho. Como nunca antes lo había hecho en mi vida por ninguna otra mujer. En realidad, era la primera vez que una mujer me hacía llorar. No sería, puedes estar seguro de ello, la última.



Así que la lectura íntegra de mis libros, El hombre de las suelas de viento y El demonio te coma las orejas, prevista para esta misma tarde, a partir de las siete, en el Aleatorio, se la quiero dedicar a esa mujer. A Sela. La comadrona. La primera mujer, ya digo, que me hizo llorar, y, con ello, vivir.






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