Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

miércoles, 1 de julio de 2015

Jean Giono: El hombre que plantaba árboles (y 2):


Tras la comida de mediodía, reanudó la selección de semillas. Supongo que fui muy insistente en mis preguntas, ya que respondió a todas ellas. Llevaba tres años plantando árboles en ese erial. Había plantado cien mil bellotas. De las cien mil, habían brotado veinte mil. De esas veinte mil, contaba con perder la mitad a causa de los roedores o de los designios imprevisibles de la Providencia. Así pues, quedaban diez mil robles que crecerían en esa tierra desolada.




Fue entonces cuando me pregunté la edad de ese hombre. A todas luces tenía más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había sido propietario de una granja en la llanura. Allí había construido su vida. Había perdido a su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado a la soledad y se deleitaba viviendo sin prisas, con sus ovejas y su perro. Consideraba que esas tierras estaban muriendo por falta de árboles. Y añadió que, como carecía de ocupaciones más importantes, había decidido poner remedio a ese estado de cosas.




Todo había cambiado. Incluso el aire. En lugar de los vendavales secos y brutales que me acogieron las primeras veces, soplaba una leve brisa cargada de aromas. De las montañas llegaba un rumor como de agua: era el viento de los bosques. Lo más asombroso de todo fue oír el ruido del agua de verdad cayendo en un estanque. Advertí que habían construido una fuente que manaba en abundancia y que, junto a ella, y eso fue lo que más me emocionó, habían plantado un tilo que debía de tener unos cuatro años, ya lozano, símbolo incontestable de la resurrección.





Jean Giono en El hombre que plantaba árboles, con ilustraciones de Joëlle Jolivet (Duomo Ediciones, noviembre de 2013).




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