Diseño de portada: INÉS PRADILLA sobre una Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

martes, 14 de julio de 2015

David González: Poemas Completos (27): El demonio te coma las orejas:





45     SALIDA DE EMERGENCIA

         Le han tenido que meter en tu chibolo.
         No había otros, no, joder,
         tenía que ser precisamente éste, el tuyo.
         A la mierda tu intimidad.
         No para de moverse. No puede estarse quieto
         en un sitio, no, tiene que andar tocando las pelotas
         de un lado para otro. A lo mejor tiene el mono.
         Te saca de quicio, te pone de los nervios.

         ¿Y tú por qué estás aquí?
         ¿Qué hiciste? ¿Cuánto tiempo llevas ya?
         ¿Te pusieron fianza? A mí tampoco.
         Pero ya tengo pensado
         lo que voy a hacer para salir de aquí.

         ¿El qué, si puede saberse?

         Arrancar la varilla de la cisterna,
         afilarla y meterme un puñalón.
         Fijo que así me sacan al hospital.

         Por la noche te pide prestado un jersey.
         Solo mientras lava el suyo en el lavabo
y       le seca. Es que está lleno de sangre.
         De la cantidad de hostias que le cayeron en comisaría.
         Después cuando ya estás a punto de quedarte sobado,
         se levanta,
         se sienta en la taza del váter y se pone a jiñar.
         Oyes los esfuerzos que hace,
         los pedos que se le escapan,
y       todavía tiene que romperte la nariz
         el hedor, su hedor.
         Das vueltas en la cama. Lo ha conseguido.
         Te ha desvelado.
         Se pasa toda la mañana y casi toda la tarde
         afilando la varilla contra la pared. Te da dentera,
         se te pone la carne de gallina, los pelos de punta.
         Te enseña el pincho cuando termina.

         ¿Tú qué crees? ¿Me dolerá mucho?

         Apoya la espalda contra la puerta de la celda,
         se sube el jersey, tu jersey,
y       se clava el pincho en la barriga,
         tres o cuatro centímetros por debajo del ombligo.
         Pero ha sido poco, por una herida tan insignificantge
         seguro que ni lo bajan a la enfermería.
         Es que no sale ni sangre.

         Espera, te voy a echar un cable.

         Te acercas a su lado, agarras el pincho con una mano
y       te preparas para empujarlo con la otra.
         Pero no es tan sencillo, no es tan fácil,
¿y     si algo sale mal? Si te lo cargas, ¿qué?,
         ¿qué te pasará entonces?, porque no es broma,
         puedes matarlo,
o       dejarlo desgraciado para el resto de su puta vida...
         Pero te viene a la memoria
         el hedor de su mierda
y       sus paseíllos por la celda
y       sus ronquidos
y       ese ruido tan desagradable que hace al masticar la comida...
Y      entonces empujas. Con todas tus fuerzas.
         Adentro,
         más,
         más adentro,
         bien adentro, hasta las mismísimas
         entrañas.



         David González en El demonio te coma las orejas (1997, 2008).


         Nota de DG: Al tío este lo sacaron al hospital. No volví a verle nunca más. A mi         jersey, tampoco. 






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