Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

viernes, 20 de febrero de 2015

Buenos días: Margaret Randall: Espejos:






ESPEJOS

Esa mujer, sin dientes a los treinta y ocho,
se ríe de la mirada de pergamino de su hermana,
conoce bien la línea de pelo rizado
que bordea la oreja de su pequeño
pero olvida que la cámara la reclama.
Ella no puede encontrar su rostro
sobre la superficie de esta fotografía.
No hay espejos en sus montañas.

A ti los espejos te perseguían en tu niñez
poniéndote triste y en guardia.
Ya en décimo grado veías en ellos la Sears Charm School,
los ojos perturbadores de tu padre.
El peligro de los dedos. El cinturón.
Aquel secreto grueso.
Ahora esquivas los espejos, y hablas con alivio
al pensar en un mundo donde no los haya.

Mi espejo se burla de esa quebrada de niebla
donde siluetas estilo Vogue cantan melodías desentonadas.
Comidas sin tocar en el plato.
Derretidas. Transformadas. El verdadero cuerpo
reflejando aquella otra postura del sauce.
La piel perfecta. Y, sobre todo, el elegante cuello.
Lo que hubiera dado yo por la gracia de un cuello así...

Aquella mujer que no reconoce
su rostro en la fotografía,
¿podemos decir que nunca se ha visto a sí misma?
¿Dónde está el espejo lo bastante limpio
como para decirnos quienes somos?



Margaret Randall en Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe (Ediciones Hiperión, 199).

Traducción de Victor Rodírguez Núñez.

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