Diseño de portada: INÉS PRADILLA sobre una Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

domingo, 2 de noviembre de 2014

Carina Sedevich (9): Cosas dentro de otra cosa (y b):


Ahora
la luz de la luna hace  visibles
ciertas ramas del pino.

Pronto se van a borrar
como la sombra
de un cuerpo en otro cuerpo
demasiado cercano.






Ahora contra el cielo oscuro las ramas son más duras
y el aire que mueve los sonidos es veloz.
Miro siempre la misma
columna de estrellas en el sur.
Pienso
que si algo hubiera cambiado lo sabría.






Busco el sol
como una moribunda
y el viento es otro cuerpo
que cesa.
Pasa
la sombra de algo que fue alegre.
El silencio hace lugar
despacio.





Un pájaro
de las mañanas frescas
canta.
Jura
sobre el otoño
que vivo.





Y  con estos poemas o mejor dicho: con estas estrofas del único poema que compone Cosas dentro de otra cosa, editado en el año 2000 por Lítote Ediciones, Santa Fe, despedimos dicho poemario y en el siguiente post empezaremos a  dar cuenta de Nosotros no, segundo poemario que nuestra poeta, Carina Sedevich, edita también ese año 2000.

Mientras, Carina me ha respondido a otra pregunta que le hecho en esta  entrevista sobre la marcha que le estoy haciendo. Una pregunta sobre la infancia:

Se dice que la infancia es una época muy importante en la infancia de los poetas, de algunos al menos: ¿Cómo recuerdas la tuya?

Puedo evocar pocas imágenes de mi infancia. En realidad son sensaciones que se llenan vagamente de colores, de formas, hasta convertirse en fotos borrosas. Tengo un par de recuerdos en parques. En el primero mi  hermano y yo andábamos con mi mamá y mi papá. No veo con claridad a nadie ni sé bien qué hacíamos: sé que tenía calor, la cara me ardía y la ropa me molestaba, pero estaba contenta. En el segundo mi mamá nos había llevado a la callecita. Ya éramos tres hermanos. También hacía calor y me picaban los mosquitos. Estaba triste porque había perdido en el pasto un anillito plateado  con una piedrita roja. No lo encontraba y el sol caía. Tengo también, de la misma época, un lindo recuerdo en la cocina de mi casa: mi papá tenía  puesta una camisa celeste, yo lo miraba cocinar desde abajo. Se le veía sonriente. Soplaba un caracú en un plato, lo salaba y untaba tres rodajitas de pan: una para cada uno de los hermanos. El caracú tenía gusto a cielo, a cielo celeste como la camisa de papá.





Por esa época fuimos alguna vez a una especie de feria, una exposición al aire libre. Había puestos de comidas y otras cosas que no recuerdo. Atardecía. Se nos acercó una chica con una bandeja de dulces envueltos en celofán. Cuando se inclinó hacia nosotros, los niños, percibí su perfume. Era de flores y casi tan dulce como los dulces de su bandeja. Pensé que debía ser la mujer más hermosa del mundo. Pensé que cuando fuera mujer quería oler como ella. Yo debía tener cinco años, ella a lo sumo dieciocho. Hasta hace unos años reconocía ese pefume por la calle. Estimo que ha dejado de fabricarse, porque hace tiempo que no lo percibo. Desde que tengo memoria elijo para mí perfumes florales y dulces. Y siempre que me preguntan qué perfume uso me acuerdo de aquella musa adolescente de mi infancia.






La última imagen bonita que puedo evocar de mi niñez data de cuando tenía casi diez años. Nos habíamos mudado al campo, era otoño. Recuerdo despertarme a la mañana con el canto de los pájaros. Ese recuerdo suele estar presente en mis poemas hasta ahora. Creo que en ese entonces conocí la melancolía. Porque el canto de los pájaros a la mañana, en otoño, es hermoso y es triste. Sueno como si estuvieran hablando con ternura de cosas que quedaron atrás. Había dejado mi ciudad natal, se iban las vacaciones, se iba el verano. Mi infancia se iba. Sin embargo todo alrededor estaba misteriosamente  vivo y vibraba de belleza: el aire fresco, el horizonte lejano... Probablemente en ese entonces, sí, fue que caí en la cuenta de que la vida podía ser encantadora y terrible al mismo tiempo.



Y ahora, un cambio. A partir de este mes de noviembre, Carina Sedevich y sus palabras nos acompañarán los jueves y los domingos. Si sigo al ritmo de 3 post a la semana, me quedo sin poemas y sin fotografías.  En resumen: nos vemos, si estás por la labor, el próximo jueves, a la misma hora. Si te has perdido alguna de las entradas anteriores, aquí te van los enlaces de todas ellas:






Buenas noches.







2 comentarios:

  1. Sus contestaciones, son prosa poética. Una poeta que no descansa, a jornada completa.

    Un abrazo, David.

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  2. Eso me parecen a mí también, querido Tomás. Otro abrazo, fuerte y solidario.

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