Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

domingo, 26 de octubre de 2014

Carina Sedevich (6): La violencia de los nombres (b):



¿Cómo ves ahora, con la perspectiva que da el tiempo, estos poemas de La violencia de los nombres, tu primer libro editado?, le pregunto por correo electrónico a Carina Sedevich:





Cuando me hacen alguna pregunta sobre mi poesía, suelo decir que escribo como vivo. Con el paso del tiempo y de las cosas, la vida cambia y cambia la escritura. Uno está siempre en la tarea de explicarse algunas cuestiones de algún modo, pero las búsquedas se vuelven diferentes. Creo que los temas acerca de los cuales escribo no varían mucho. En realidad, si lo pensamos humana y semánticamente, no hay posibilidad de demasiados temas: todo se reduce a vida, muerte, trascendencia o no, comunión con los otros o no. Pero varía la propia mirada sobre estas cuestiones, sobre el lenguaje y sobre la poesía en sí misma.




Podría decir, entonces, que cuando me enfrento a poemas que he escrito hace mucho tiempo me desconozco un poco. Hago un esfuerzo por recordarme y comprenderme. Asomarme a un libro que escribí hace más de quince años es como revisar fotos viejas: inevitablemente me quedo con un dejo amargo en la boca. Sé que hice lo mejor que pude en ese momento con esos versos, que creí en ellos. Encuentro algún poema aceptable, hasta bueno, pero a la mayoría los miro con el mismo sentimiento extraño que tengo al reconocerme en las fotos del álbum familiar. En general, experimento una especie de triste candor. Y me avergüenzo cuando encuentro versos particularmente pretenciosos.




Quizás en esta suerte de rechazo por lo hecho o por lo sido subyace también cierta esperanza en el trabajo y la experiencia: uno confía en que, cuanto más vive y escribe, mejor puede comprender y escribir la vida. Y esta esperanza, por infundada que resulte, constituye una fe imprescindible para alguien que sospecha que escribir es casi lo único que puede hacer en esta vida.




Los niños en la noche
son tristes doblemente.
Como una violeta junto a otra.

Los padres van ellos y su sombra.
Los niños van ellos y su espectro,
alto.




Aún no aprendo a morirme por tv.

Escribo.

Estoy detrás
de quien vuelve mis hojas.

Una forma de remover
de obrarse.



Carina Sedevich en La violencia de los nombres (Ediciones Fe de Ratas, septiembre de 1998).


Volveremos con Carina y su poesía, no mañana lunes, sino el próximo martes, a esta misma hora. Si te has perdido alguna de las entradas anteriores, puedes leerlas en los siguientes enlaces:








6 comentarios:

  1. Releerse después de mucho tiempo es un ejercicio arduo. Es aconsejable para estimular la modestia y saber quién eras y qué sabías del mundo.

    Un abrazo, David.

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  2. Cuanta razón llevas, Tomás, querido amigo. Así es. Otro abrazo, fuerte y solidario.

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  3. Grande, sí, Leti, amiga mía: seguirá con nosotros durante un tiempo... Cuánto tiempo sin saber de ti. Me alegro que sigas por aquí. Abrazos, fuertes y solidarios.

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  4. gracias por leer, amigas y amigos! gracias David, como siempre! abrazo!

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  5. A ti, Carina, poeta, las gracias... Abrazos fuertes y solidarios...

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