Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

domingo, 31 de agosto de 2014

Gabriel Oca Fidalgo: Ansiedad, vida de un yonqui (y 2):

   ¡No sé!, pero no me cuadraba. Y encima anaquerando en verso, traje oscuro y alzacuellos, el Dire y el tutor juntos a partir un piñón. Para mí que pasaban un mazo, que no querían que cundiese en plan pandemia mi arrebato. En el fondo yo sólo pedía que me dejasen en paz y allí estaba como dios. Aunque no tardé en comprobar que en esta vida no te dejan a tu bola aunque estés cascando de una embolia. ¡Papeles, firmas, charlas!, que no te dejan tranquilo ni muerto, revisando los papeles del camión.
   Y entonces ya veremos... Pero un ya veremos demoledor, ¡inyectado de justicia divina!, ¡gritando con todos los verbos! Estirando los brazos con la barbilla en el techo, las pencas en arco y todo el pariré. Hay que joderse... ¡No vimos nada! En el pasillo no tenía que andar escondiendo el cómic que leía en palanca y estaba más a gusto que un topo. Recuerdo que andaba enrollado con aquellos tochos de la editorial Elvivería: Zara la vampiro, Lucifera, Hexa y sus titis de las SS ceñidas de cuero, y Delirium, Nosferatu, la tira de violencia con un montón de jodienda. Creo que empecé a ir al colegio más a menudo, o al menos cuando llovía. Algo lógico, si lo piensas, cuando te dejan en paz.




   La verdad es que fueron muchos viajes, podría decir incluso que se palpaba en el aire, que comencé a vislumbrarlo de lejos. Aunque es muy fácil hablar a toro pasado, después del partido todos sabemos el resultado, como en el yute, que ganas todas las partidas mirando desde arriba. Pero hubo un momento en que terminaba siempre de la misma manera, jugada repetida que empapaba mi momento con una angustia pasajera, rasgando la noche con mi espada lisérgica, armadura forjada en Ácido puro con yelmo de hiperestesia. Y así, entrando a la carga en los garitos punteros, desbarrando en los bares-destroyer más cañeros, cerrando la noche en la cafeta de la estación hasta que nos golpeaba el sol en la cara y catapultábamos a la calle, saliendo de estampida como rebotados de una portada de Jetro Tull: cargados de abalorios, imperdibles y collares, la tira de pulseras y anillos con calaveras y puñales, juglares anacrónicos del tipo Blad Runner.



Gabriel Oca Fidalgo. Ansiedad, vida de un yonqui. Ediciones Lupercalia, junio de 2014. 

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