Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

sábado, 30 de agosto de 2014

Gabriel Oca Fidalgo: Ansiedad, Vida de un yonqui (1):

Como el subtítulo indica, Ansiedad, es la vida de un yonqui. Ahora bien, por ejemplo, su autor, Gabriel Oca Fidalgo, posee algo de lo que carecía otro escritor que tocó este tema, el gran William Burroughs, y ese algo es humor. Además de un ritmo trepidante y un manejo del argot y de las jergas que solo se adquiere después de pasar mucho tiempo en la calle y en el ambiente que se describe en esta historia. En resumen, otra gran obra de la literatura subterránea, que haría las delicias de cualquier filólogo que se precie de tal. Una voz heredera directa de otro grande: Céline. Y no digo más. Te dejo con el arranque, debajo de la cubierta:




      LA PRIMERA VEZ QUE PUDE VER UN CUERPO HUMANO MUERTO, con pleno conocimiento de que así lo estaba, fue el de una bruja venenosa más dañina que la rabia. Yo tendría diez u once años por aquel entonces, y aunque la escena no me causó impresión alguna, la imagen me quedó tatuada en la retina: la habitación nimbada por una luz amarillenta, la difunta encajonada en su baúl de muertos, la gigura de las manos ajadas engarzadas al rosario cruzadas sobre el pecho y las galas del cadáver apestando a naftalina, aquel olor que aún no conocía enganchado en el aire y su boca desdentada recosida en arrugas abierta y oscura como una tumba. Te repito que fue cosa de un pispás y que la escena no me arañó los adentros, la impresión que al menos debería de causarme por entonces. Casi que suelto la risa con la inercia, la postura de la vieja, un amago de rebuzno al compás de la viñeta. Aunque no ocurrió lo mismo con el colega que me acompañaba, Marcos, Marquitos, mi amigo del alma y el consorte de armas en las cándidas tropelías de la infancia: El tío al menos giró sobre los calcos y salió zumbando del cuarto alejándose de la muerte con garbo.



Gabriel Oca Fidalgo. Ansiedad, vida de un yonqui. Ediciones Lupercalia, junio 2014. 


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