Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

sábado, 14 de junio de 2014

Yuri Kapralov: East Village:

Esta novela autobiográfica, East Village, de Yuri Kapralov, escritor que desconocía, me salió por dos euros. Una más que buena inversión. ¿Qué de qué va? Me remito al Publisher´s Weekly: Fue la época en que se vivió la invasión de hippies, yonquis y tropas de chicos y chicas fugados de casa que se convirtieron en víctimas de los macarras, la policía y la violencia del East Village. En estas memorias personales de sus experiencias, Kapralov revive la miseria y las tribulaciones de la vecindad a lo largo de la calle Siete entre las Avenidas B y C. Las revueltas callejeras, la ruptura de su matrimonio tempestuoso, historias conmovedoras o divertidas pero siempre perfiladas de una forma memorable de los eslavos, rusos, puertorriqueños, negros y artistas, jóvenes y viejos, que eran sus vecinos, su propio desmoronamiento, todo ello produce una experiencia "shtetl" que evoca a Gorki y Chagall.




NORMALMENTE podía encontrarse a Mack en el Old Stanley (ahora llamado habitualmente Dirty Stanley) entre el primero y el quince de cada mes. Era cuando le llegaba la paga y su mujer, por muy pérfida que fuera, le daba unos billetes para sus primeras cervezas. Al resto de cerveza y vodka le invitaban los amigos. Y lo asombroso era que Mack tenía muchos amigos. Yo también era amigo suyo aunque a veces no podía ni verlo. Le caía bien porque, aparte de jugar al ajedrez, prestarle un par de dólares o invitarle a unas copas cuando tenía trabajo, era una de las dos personas con quien podía hablar en ruso. El otro era Dimitri, el joven poeta ucranio, que seguía trabajando en el departamento de Servicios Sociales. Mack no hacía tan buenas migas con él porque Dimka era más agarrado con el dinero y no jugaba al ajedrez. Mack hablaba un ruso excelente. De hecho, en su tiempo libre, escribía cartas larguísimas y muy detalladas al Novote Russkoye Slovo y al Rossiya, unos diarios rusos de Nueva York. Las cartas versaban siempre sobre la Guerra Civil rusa y echaban por tierra a todos los demás teóricos del tema. A veces me las mostraba y yo las encontraba muy buenas. Probablemente no eran anda rigurosas y gastaban un tono áspero, sarcástico y completamente reaccionario, pero tenían garra.



Yuri Kapralov. East Village. Littera Books, 2001. Traducción de Mireia Porta i Arnau.


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