Diseño de portada: INÉS PRADILLA sobre una Fotografía de JOSÉ MARÍA PÉREZ FERNÁNDEZ

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

domingo, 9 de marzo de 2014

Raúl Núñez: El aullido del mudo:

Lo sé. Me ha dado por Raúl Núñez. Yo soy así. Cuando me da por una cosa... Este libro, El aullido del mundo, es una selección de relatos cortos, breves, que Raúl Núñez publicó en la revista Turia. Como, ya digo, son relatos breves, te dejo con uno de ellos, entero:



DESDE EL BALCÓN

  Se trata de un balcón pequeño y corriente. Uno de los tantos que abundan en la Ciutat Vella y que siempre amenazan con caerse sobre la cabeza de un transeúnte. Sin saber cómo (yo nunca he entedido de esas cosas) han crecido en él unos pequeños hierbajos casi incoloros e inútiles pero, sin embargo, una mañana comprobé que entre ellos había nacido una flor.
  Era delicada, no demasiado grande y tenía el mismo color del sol que le había dado vida. No son demasiadas las cosas que poseo y debido a ello le doy mucha importancia a lo que tengo y, sobre todo, a lo que pierdo sabiendo que nunca podré recuperar.
  Me dije que esa flor era mía, que alguien había hecho que creciera precisamente allí y no existía en el mundo otro ser humano que pudiera tocarla o poseerla.
  Sabía que su esencia era lo efímero (tal como la de los hombres o la del amor) pero no me importaba. Quienes se hayan doctorado en Soledades podrán comprenderme.
  En otros tiempos había tenido un amiga en el lavabo, pero no para realizar clandestinos intercambios sexuales, sino para mirarla y saber que seguía estando allí. En su sitio. Que también era el mío. Y que no tenía otra compañera que ella. Y que, aunque no pudiera hablar, sabía de mis penas.
  Una noche, al regresar a casa, iracundo por el alcohol y la ruina que no me abandonaba, la maté. Era una araña.
  Desde el balcón (ahora ya sin flor debido al tiempo) veo pasar a las mujeres que van al mercado a comprar alimentos para su familia. Veo a los travestis cogidos del brazo sacando a pasear a sus perros caniches.
  Veo a los disecados yonquis con apenas fuerzas para correr y sostener el bolso que acaban de robar. Veo que sólo se trata de una estación en la que el tren se ha detenido para que por la ventanilla podamos, aunque sea un instante, contemplar el indescifrable paisaje e intentemos conocer el destino final.
  Allí debajo se encuentra lo que llamamos vida y hay que dejar el balcón para meterse en ella. Para que nos arranquen el corazón y nos cosan la espalda a puñaladas.
  La piedad es sólo del verdugo.
  Cada mañana, luego del Nescafé y el Ducados, le echo un vistazo al balcón, no para encontrar una nueva florecilla, sino para que, puestos a pedir milagros, vea la carita de una niña guiñándome un ojo. Y no a causa del sol.



Raúl Núñez. El aullido del mundo. Midons Editorial, Primera edición: Noviembre de 1994.  Prólogo de José Vanaclocha. Ilustración de la portada: Manel Gimeno.

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