Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

jueves, 20 de marzo de 2014

Poesía en las Bodegas II: Ángel Petisme, Javier Pascual & Esteban Gutiérrez Gómez:

Mañana, 21 de marzo, a las siete de la tarde, en la bodega "Niño de la Capea", se celebra Poesía en las Bodegas II. Contará con las voces poéticas de Ángel Petisme, Esteban Gutiérrez Gómez y Javier Pascual. Debajo del cartel te dejo con un poema de cada uno de estos primeros espadas.




MOUNA

Conocí a una mujer con mirada de espejo,
en su luz sonámbula me lavé las heridas.
Aunque tus ojos Mouna los cubrieron de sal
un manantial serían que fluye con violencia.
Lágrimas como brasos. El futuro es mujer.


Ángel Petisme.




[MI ABUELA]

Mi abuela,
fregaba arrodillada
las baldosas de la cocina,
no creía en la fregona.

Mi abuela,
jamás tuvo otra paga,
que no fuera la del abuelo,
por eso, almacenaba y escondía
las monedas de dos reales,
que ya eran cinco duros,
amarradas a un cordel.

Mi abuela,
era la misma, que sólo
al salir de misa, nos daba la propina,
la misma,
que culpaba al abuelo,
cuando desatábamos las monedas,
para jugar a las máquinas,
que a él prohibía.

Mi abuela,
lo sabía y se callaba,
porque, a los ladrones de sus nietos,
estando ella delante,

nadie los regaña.


Javier Pascual.




FUEGO AMIGO

En la jerga militar      se denomina
fuego amigo
a los disparos provenientes      del propio bando.

Muchos soldados      y civiles
han muerto
por esta causa.

Fuego amigo.

Desde hace unos pocos años      además,
a las víctimas de esta barbaridad las llaman
e u fe mís ti ca men te,
daños colaterales.

Daños colaterales.

Durante algún tiempo,
en aquellos meses en que la incertidumbre
por cumplor      o no      el servicio militar
me desasosegaba,
tuve una pesadilla que se repetía:
saltaba de la trinchera,
madrugada      frío      niebla,
corría sobre el barro húmedo,
patinaba      caía     me levantaba,
muerto de miedo      marchaba
en dirección a lo desconocido.

Corría y,
cuando lograba mantener el equilibro
y cogía velocidad,
una lágrima de calor
mordía mi espalda.

Fuego amigo.

Entonces me despertaba,
sudoroso      crispado,
con los dientes apretados, y la sensación,
la extraña sensación,
de haber visitado 
el futuro.

Sí, así era      mi pesadilla.

Una mañana,
de esas en las que acompañaba al
abuelo
a recoger estiércol para su huerto,
le comenté el sueño.
Él se encogió de hombros.
No se extrañó,
ni siquiera pronució una palabra.
Siguió regando los surcos
como si nada hubiera pasado.

Daños colaterales.

Fuego amigo.

Más tarde,
de vuelta en casa
me pregunto que
qué era lo que el subconsciente
me estaba      diciendo.

Me encongí de hombros.

Está claro, me dijo,
que mientras te enfrentas a
la vida
guardes tus espaldas.

Me quedé extrañado.
¿De qué     ¿De quién?      ¿De los amigos?

Especialmente, dijo,
de los amigos.

Entonces mi abuelo,
el ser sobre La Tierra al que más he respetado,
me pareció un
pobre      viejo     amargado.

Fuego amigo.

Ahora sé que
como siempre,

tenía

razón.


Esteban Gutiérrez Gómez.





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