Dibujo de COVADONGA LÓPEZ CANALES

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

domingo, 2 de febrero de 2014

La Galería del Caos, 24: Ana Vega:


    Ana Vega, por Ángel González González


WOMAN

Esa mujer que todos conocemos,
quien manifiesta su supervivencia
cada día a golpe contundente
de tacón afilado cual navaja,
que camina por las calles con absoluta decisión
pues sabe desde siempre que su camino se recorre a solas.
Aquella que no teme a la verdad,
la que agarra a su hijo de las entrañas mismas
para arrancarlo del dolor,
la que antepone lo imprescindible,
lo realmente importante,
ante lo que nunca será bien visto por los hombres
que creen dirigir la tribu fantasma.
Mujer que corre con los lobos,
guerrera, la no vencida,
la que no abandona el ring
hasta pisar la lona.
La eterna Juana de Arco.
Aquella que lame sus heridas
a solas como los gatos,
la que se defiende una y mil veces
ante la impunidad de la injusticia que nos vence cada día.
Ella, tú, nosotras, las que seguimos creyendo en cada grieta,
con cada golpe,
la fuerza crece en nuestro vientre
y porque la mujer sabe transformar el mundo en acto,
en hecho,
en maneras de sobrevivir a la desesperación profunda.
Aquella que deshace el nudo con los dientes.
Porque ellas engendrarán "legiones de hombres buenos"
que crecerán en multitud por los siglos de los siglos
reproduciéndose en constante mutación continua
hasta alcanzar la absoluta cercanía
que aún necesitamos sentir entre mujer y hombre.
Mujer que sueña en blanco y negro,
que conoce los abismos pues en todos ha estado,
que pelea y no se cansa pues su lucha es incensaste
tiene el poder de las mareas
cuyos océanos reproducen de forma rítmica
cada uno de sus gestos,
ese vaivén que nos describe en sigiloso susurro su anatomía.
Mujer más allá del cuerpo,
mujer sin amo "ni patria ni religión",
mujer cuyo origen nace en el centro mismo del universo
y a él regresa en cada muerte.
Mujer que renace por tanto cada día
en cada minúscula población del mundo
y cuyo llanto es el llanto del mundo entero.
Mujer violada, torturada, sacrificada, rota, en definitiva,
por el verdugo que tanto teme su poder ancestral.
Mujer que ha de soportar la sangre sobre su piel
cuando decide, finalmente, pero nunca tarde,
alejarse de quien se agarra con fuerza a su espalda
para tapar de modo alguno la debilidad
que tan sólo los ojos realmente abiertos,
aquellos que habitan el alma,
pueden ver en el rostro de la ira, en la debilidad ajena.
Cansancio, peso, dolor en el centro mismo del corazón
que viene de lejos, tan antiguo, que nos cuesta reconocer
como nuestro.
Mujer que decide seguir peleando frente a las voces
que susurran rendición,
frente al rol de hembra pacífica
que ha de conservar las gormas que otros le arrebataron.
Todas y cada una de las mujeres
que deciden, una y otra vez, llevar a cabo sus propias vidas,
sus propias reglas, decisiones, normas,
pese a todo lo que eso implica,
las que saben maquillar el golpe en el ojo o la mejilla
en la que aún late el corazón viejo
y quellas que de las lágrimas últimas extraen
una sonrisa final
que desconcierta y desconcertará siempre al alma perdida
de quien busca de forma errónea más allá de sí mismo,
aquel que padece hambre eterna,
la escasa inteligencia de los que jamás se atreverán
a infringir norma alguna
repitiendo así el papel eterno del verdugo,
pagando su temor en el cuerpo del otro
con todo tipo de herramientas verbales y físicas,
instrumentos perfeccionados a lo largo de los años,
cuyas marcas la mujer arrancará a dentelladas,
una y otra, una y otra, una y otra vez,
todas las veces necesarias.
La impunidad es esa sensación que aún y tal vez siempre sentiremos
cerca, al lado justo,
en nuestras manos,
porque sabemos que nosotras, mujeres, elegimos pelear,
que nadie consigue ni conseguirá jamás domesticarnos,
pues como animales salvajes que somos
el instinto nos salva y salvará de toda trampa.
Los reptiles del mundo que conocemos
seguirán empecinados en colarse en nuestras vidas,
seguirán intentando silenciar nuestras voces,
que el susurro de la culpa que nos inculcaron
germine en lo más profundo
hasta quedar atrapadas en las redes más propicias
para ellos, para la caza,
para aquellos que crearon la normativa vigente,
quienes seguirán castigando nuestra decisión 
de manifestar nuestro poder y sabiduría,
defender aquello en lo que creemos,
disfrutar del cuerpo que nos ha sido concedido a nuestro antojo
y no al antojo de quien duerme a nuestro lado
ciertas noches o tan sólo una,
nuestra voz se escuchará alta y clara
porque hace ya demasiado tiempo decidimos
no callarnos, nombrar, acusar, señalar incluso
al culpable de las atrocidades cotidianas
que ocurren a nuestro alrededor.
El segundo sexo nunca fue el sexo débil,
quien hiere o golpea es aquél que teme
y no al contrario.
No nos engañemos,
nos cortan el paso, nos detienen,
nos mutilan, nos asesinan, porque nos temen,
y si eso es así, y así lo es, puedo asegurarlo,
nadie nunca jamás,
podrá romper el círculo
de lucha constante en el ring
por alcanzar aquello que nos pertenece
y nos ha pertenecido siempre,
no sólo una "habitación propia"
sino también la casa entera, nuestro lugar en el mundo,
aquel que hemos ganado,
aquel que siempre nos ha pertenecido.
No nos creamos desheredadas de lo que siempre fue nuestro.
La manzana original
nunca fue castigo alguno
sino el primer paso
diminuto, escaso,
hacia la libertad
que ahora hemos de tomar por completo.
Ha llegado la hora de reconocernos frente al espejo
y que ese gesto
nos devuelva la imagen real,
el triunfo alcanzado
por todas aquellas que nos preceden
a quienes debemos rendir homenaje de la única forma posible:
peleando,
peleando siempre,
hasta el final...


Ana Vega.

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