Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

lunes, 6 de enero de 2014

La Galería del Caos, 8: Jonathan Silvestre:

Jonathan Silvestre, por Ángel González González


INDIFERENCIA

Pasaron semanas en las que el sol calcinaba las viviendas del poblado y exterminaba la vegetación, creaba incendios y un terrrible mal humor. Pero sus grandes dedos sirvieron de sombra para más de uno. A veces nos encontrábamos preguntándonos en voz alta si pertenecía a la raza humana. Parecía más bien un ser mitológico, una criatura de cuentos. Tal vez un señor de los bosques.
Gracias a él las viviendas fueron frescas, la vegetación sobrevivía, los incendios fueron escasos y aislados y el mal humor se apaciguó en la agradable sombra de sus dedos.
Luego llegaron las grandes lluvias. Muchos de nuestros conciudadanos buscaban en el libro sagrado un motivo para tal inclemencia del clima. Otros, más prácticos, hablaban de venganza planetaria. Él hablaba de paciencia.
El agua entraba por todo agujero descuidado, las casas se vieron rápidamente más mojadas que el exterior mismo. Luego el exterior parecía un gran lago y ya no se divisaban pies algunos ni zapatos.
Él, al ver el barullo, entrelazó sus dedos y nos llevó a todos, incluso a él mismo, en el arca más singular que jamás se vio, llena de personas agradecidas, pero en cierta forma insignificantes al mundo.
Así vivimos y morimos, con aquel ser de grandes manos, protegidos por su bondad inapelable y justa. Aún así, los jóvenes se fueron a las grandes ciudades y olvidaron al gran hombre y lo que sus manos habían construido. Los mayores morimos aquí, y uno por uno fuimos sepultados por sus grandes dedos, hasta que sólo quedé yo. Y cuando pensaba que iba a exhalar mi último aliento, aquel gran hombre cayó de bruces y murió.
En un pueblo fantasma, al sur, se encuentra un caserío rupestre y vacío de cadáveres agradecidos y olvidados, y un gran árbol nació de cada tumba, excepto de la tumba del gigante, de la cual creció una montaña. Tal vez indicándonos la grandeza de su existencia, como un monumento eterno y protector de los vivos.
Incluso yo morí, y como no tenía quien me enterrase, de mi hogar creció un gran pino que hizo estragos en el techo y creció tanto como los demás árboles. Hicimos un bosque que nadie visitaba, y que incluso nuestra sangre miraría con indiferencia, pero eso no importaba. Todos los que nos habíamos quedado, 13 familias en total, aprendimos la importancia de tener manos capaces de construir.


Jonathan Silvestre.


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