Fotografía de CÉSAR TAMARGO

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

martes, 3 de diciembre de 2013

Nick Flynn: El tictac de la bomba:

De Nick Flynn, se editó en septiembre del año pasado El tictac de la bomba, una especie de diario, en apariencia desordenado, pero solo en apariencia, que se sostiene sobre dos pilares fundamentales: la paternidad y la tortura. En el libro, pues, hay muchas referencias a su padre, a su futura hija, a los torturadores de Abu Ghraib y a los indeseables que los justificaban, así como también a los prisioneros torturados. Un gran libro. Muy valiente. Quizá eso haya hecho que no recibiera la cobertura que se merece. No lo sé. Lo cierto es que después de su novela Otra noche de mierda en esta puta ciudad (Editorial Anagrama), en la que relataba sus experiencias como trabajador en un albergue para los sin techo, entre los que se contaba su propio padre, parecía difícil que pudiese superarse a sí mismo. Pero lo ha hecho. Así pues estamos ante una lectura muy recomendable, sobre todo para quienes usan la cabeza no solo para llevar el pelo. Para los que quieren saber. Para los que no quieren dejarse engañar por las cuatro mentiras que nos cuelan a diario en los distintos medios de comunicación. Por mi parte, darle las gracias a José Ángel Barrueco, que fue quien me puso tras la pista de esta bomba. Y te dejo con un par de pasajes:


ESTAMBUL (el verbo se hizo carne)

Hay un momento en la historia de Amir, como pasa en todas las historias, en el que las palabras no son suficiente. Un momento en el que la única forma de continuar con su relato es enseñarnos las cicatrices de su cuerpo. Se levanta y se separa de la mesa. "Me colgaron así" dice mientras pone sus brazos en cruz. Hay algo en su posición, en ese cuerpo que se eleva ligeramente, que me estremece, algo que hace que sus palabras sean reales de una forma que hasta ese momento no habían conseguido ser. En ese momento lo entiendo: sus palabras hablan de su cuerpo, todo gira alrededor de su cuerpo, y su cuerpo está allí, delante de nosotros, en esta habitación que el día anterior era incapaz de imaginar su cuerpo ocupa un espacio delante de nuestros ojos que se entornan al verle. Amir se queda un momento así, con los brazos extendidos y el transcriptor no tiene nada que escribir, el pintor nada que dibujar, el intérprete nada que traducir. Los ojos de la abogada se clavan en sus ojos. Cuando su cuerpo habla queda todo dicho. La abogada sacude de manera casi imperceptible su cabeza y vuelve a preguntar con delicadeza qué ocurrió después. Él baja sus brazos y se sienta.




ESTABA LEYENDO El paraíso perdido cuando mi madre murió, a punto de acabar mi tercer curso en la universidad. Durante algunos días, tal vez semanas, vagué por el campus como un fantasma. Era como si mi cuerpo estuviese atrapado en una burbuja y fuese muy difícil salir de ella ("La mente es tu único lugar y es capaz de convertir el infierno en un paraíso, o el paraíso en un infierno"). Bien mirado no estaba mal dentro de aquella burbuja. Sentía seguridad y nada importaba en realidad. Esta sensación de bienestar se debía, en parte, al uso de drogas -prefería llamarlo autoeducación o marihuana de mantenimiento. Hacía que el mundo fuese más sencillo, incluso juraría que había días en los que me bastaba con pensar en una persona para que viniese a verme. Si me sentía solo, porque lo estaba todas las noches, simplemente llamaba a la puerta de cualquier amiga y ella, daba igual quien fuese, me dejaba entrar. Por supuesto había un montón de cosas que no podía hacer, como dormir. Como levantarme. Como no sentir nada. Como dejar de sentirlo todo. Así que cada noche dormía con alguien, otra persona, otra amiga. Era fácil, poner mi cuerpo dentro del cuerpo de otra persona -"parece que no lo hacemos nada mal", pensaba mientras flotaba unos centímetros por encima de la cama. Después de la muerte de mi madre, seguía teniendo un cuerpo pero no podía entrar en él ni utilizarlo. Allí estaba, de pie frente a mí -imagina cuando una serpiente muda de piel, cómo al principio la muda parece una serpiente, hasta que la pisas y se convierte en polvo. Y así fue como, después de muchos años son tener cuerpo, una mujer volvió a darme una entidad corpórea. "Despacio", dijo Inés, "No tengas prisa. No te vayas, quédate aquí, conmigo".


Nick Flynn. El tictac de la bomba. Léeme Libros, 2013. Traducción: Mara Vázquez. Diseño de cubierta e ilustración: Irene Lorenzo.

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