Dibujo de COVADONGA LÓPEZ CANALES

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

lunes, 18 de noviembre de 2013

Raymond Carver & Bob Adelman: Carver Country (1):

En esta cuidada y deliciosa edición de Carver Country, además de una serie de textos de Raymond Carver (poemas, trozos de relatos, cartas) nos encontramos con un montón de fotografías de Bob Adelman, imágenes de los paisajes por los que transitaba el escritor, así como imágenes suyas o de sus mujeres, o de sus amigos, entre ellos Richard Ford o el gran Tobias Wolff, o de otras personas que de un modo u otro tuvieron que ver con su vida y y en las que se inspiraría más adelante para caracterizar a los personajes de sus relatos. El libro concluye con un largo texto escrito por su viuda, la inevitable Tess Gallagher. Te dejo con uno de los poemas y una de las fotografías, una de la primera mujer del escritor, Maryann Carver.




LA CABINA TELEFÓNICA

Ella se desploma en la cabina, llorando
en el teléfono. Hace una o dos
preguntas, y llora un poco más.
Su compañero, un tipo en tejanos
y camisa vaquera, espera de pie
su turno para hablar, y llorar.
Ella le tiende el teléfono.
Durante un minuto están juntos
en la cabina exigua, y las lágrimas
de él caen al lado de las de ella.
Luego ella va a apoyarse en el guardabarros
del sedán. Y escucha lo que él dice
sobre los preparativos.

Lo veo todo desde mi coche.
Yo tampoco tengo teléfono en casa.
Estoy sentado al volante,
fumando, a la espera
de ocuparme de mis propios asuntos.
Al poco él cuelga. Sale y se limpia la cara.
Montan en el coche y se acomodan
con las ventanillas subidas.
El cristal va empañándose
mientras ella se recuesta sobre él,
y le pasa el brazo por el hombro.
Las maniobras del consuelo
en ese espacio angosto y público.

Me llevo las monedas a la cabina,
y entro. Pero dejo la puerta abierta
(hay tan poco espacio dentro). El teléfono
aún conserva la calidez al tacto.
Odio utilizar un teléfono
por el que se acaba de comunicar una muerte.
Pero tengo que hacerlo, es el único teléfono
en kilómetros, y escuchará sin tomar partido.
Meto monedas y espero.
Los del coche también esperan.
Él arranca, pero al instante apaga el motor.
¿Adónde ir? Ninguno de nosotros
tiene la menor idea. Nadie sabe
dónde se asestará el próximo golpe,
o por qué. El timbre, al otro extremo,
cesa cuando ella levanta el auricular.
Antes de que yo pueda decir dos palabras,
el teléfono aúlla: "¡Te dije que se acabó!
¡Se acabó! Por mí puedes
irte al infierno".

Dejo el teléfono y me paso la mano
por la cara. Cierro y abro la puerta.
La pareja del coche baja las ventanillas
y observa, con las lágrimas detenidas
durante un instante por esa distracción.
Luego suben las ventanillas
y siguen sentados tras los cristales.
Seguimos un rato sin ir a ninguna parte.
Y luego nos vamos.


Raymond Carver & Bob Adelman. Carver Country. Editorial Anagrama, 2013. De las fotografías: Bob Adelman. Del texto: Tess Gallagher. De la cronología y la bibliografía de Carver: William L. Stult y Maureen P. Carroll. De la traducción: Jesús Zulaika.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.