Dibujo de COVADONGA LÓPEZ CANALES

La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas:

Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Desafié a los ricos, o más bien, dado que ellos son como son, a quienes los admiran. He luchado para sacar la cabeza del fango sin presentir jamás cómo al final sería derrotado. Si el poema fallaba estaba perdido:

William Carlos Williams.
Yo nunca he soñado, excepto con ustedes
para atracaros o mataros:

Denis Vanier

viernes, 22 de noviembre de 2013

GB, 10: William S. Burroughs: Marica: Queer:



  Ciudad de México, cuando viví en ella a fines de la década de 1940, era una ciudad de un millón de habitantes con aire claro y brillante y un cielo de ese tono especial de azul que tan bien combina con los revoloteantes buitres, la sangre y la arena: el puro, amenazador y despiadado azul mexicano. Me gustó Ciudad de México desde la primera vez que la visité. En 1949 era un lugar barato para vivir, con una enorme colonia extranjera, fabulosos burdeles y restaurantes, peleas de gallos y corridas de toros y cualquier forma imaginable de diversión. Un hombre solo podía vivir bien allí por dos dólares diarios. El juicio en Nueva Orleans por tenencia de heroína y marihuana parecía tan poco prometedor que decidí no acudir a la cita del tribunal, y alquilé un apartamento en un barrio tranquilo de clase media de Ciudad de México.
  Sabía que por la ley de prescripción yo no podía volver a los Estados Unidos durante cinco años, así que solicité la ciudadanía mexicana y me matriculé en algunos cursos de arqueología maya y mexicana en el Colegio de Ciudad de México. La pensión me pagaba los libros y las clases, y me dejaba una mensualidad de setenta y cinco dólares. Pensé en dedicarme a la agricultura, o quizá abrir un bar en la frontera con los Estados Unidos.
  La ciudad me atraía. Los barrios bajos no tenían nada que envidiar a los barrios bajos de Asia en cuanto a suciedad y pobreza. La gente cagaba en la calle y después se acostaba encima mientras las moscas le entraban y salían de la boca. Algunos emprendedores, entre los que no eran infrecuentes los leprosos, hacían fogatas en las esquinas de las calles y cocinaban unos revoltijos horribles, apestosos, indescriptibles, que ofrecían a los transeúntes. Los borrachos dormían directamente sobre las aceras de la calle principal, y ningún policía los molestaba. Me pareció que en México todos dominaban el arte de no meterse con los demás. Si un hombre quería llevar un monóculo o usar bastón, no vacilaba en hacerlo, y nadie se volvía para mirarlo. Los niños y los hombres jóvenes andaban por la calle del brazo y nadie les prestaba atención. No era que a la gente no le importara lo que pensaban los demás; pero a ningún mexicano se le ocurriría aceptar la crítica de un extranjero, ni criticar el comportamiento de los demás.


William S. Burroughs. Marica. Editorial Anagrama, 2002. Traducción de Mariano Casas. Ilustración de Paco Igual, a partir de una foto del autor.




  Un día me golpearon a la puerta a las ocho de la mañana. Salí en pijama y me encontré con un inspector de Inmigración.
  -Vístase. Está detenido.
  Parecía que la mujer de al lado había presentado un largo informe sobre mi conducta etílica y desordenada, y también había algún problema con mis papeles y ¿dónde estaba la mujer mexicana que supuestamente tenía? Los funcionarios de inmigración estaban dispuestos a meterme en la cárcel mientras se preparaba mi deportación como extranjero indeseable. Desde luego, todo se podía arreglar con dinero, pero mi entrevistador era el jefe del departamento de deportación y no aceptaría cualquier cosa. Finalmente tuve que soltar doscientos dólares. Mientras volvía caminando a casa desde la Oficina de Inmigración, imaginé lo que habría tenido que pagar si realmente hubiera hecho una inversión en Ciudad de México.
  Pensé en los constante problemas con los que se topaban los tres dueños norteamericanos del Ship Ahoy. Los policías iban todo el tiempo a buscar una mordida, y después llegaban los inspectores de sanidad, y entonces aparecían más policías para aprovechar la situación y ver si podían sacar una mordida importante. Se llevaron al camarero al centro y lo molieron a palos. Querían saber dónde estaba escondido el cuerpo de Kelly. ¿Cuántas mujeres habían sido violadas en el bar? ¿Quién había llevado la marihuana? Etcétera. Kelly era un norteamericano aficionado al jazz a quien habían disparado en el Ship Ahoy hacía seis meses, se había recuperado y estaba ahora en el ejército de su país. Nunca habían violado allí a una mujer y nadie había fumado allí marihuana. A esas alturas yo había abandonado del todo mi proyecto de abrir un bar en México.


William S. Burroughs. Queer. Editorial Anagrama, mayo de 2007. Traducción de Mariano Casas. Ilustración de Paco Igual, a partir de una foto del autor.



4 comentarios:

  1. Queer es quizás una de las menores novelas que he leído nunca.

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  2. jaja vaya, mejores, claro. También podría ser una novela "menor" sin que eso le reste valor. En realidad no se si "de las mejores", más bien de las que más me han marcado.

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  3. A mí me gusta mucho también. Aunque no es la novela de Burroughs que más me interesa. Prefiero Yonqui o el Almuerzo desnudo. Aunque mi libro favorito de Burroughs es El fantasmal accidental.

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